Los pequeños detalles de Call me by your name.
- Wilmer Ogaz
- 8 feb 2018
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 22 jun 2020

Un dorado verano de 1983 ilumina el pasar de los días en algún lugar al norte de Italia; los rojos albaricoques y el susurro del viento paseando entre sus hojas parecen entonar una sutil melodía que se acompaña por el trinar de los pájaros. Los días son esplendorosos para salir a pasear en bicicleta, devorar libros al borde de un estanque y descubrir caminos nuevos e inexplorados; demasiado tiempo libre resulta peligrosamente tentador para un adolescente en pleno despertar.

A los 17 años no se piensa, hacerlo sería desenmascarar el encanto de la juventud, esa que es curiosa, imprudente, arrebatada y sobre todo inocente. Y como tarde o temprano a todos nos alcanza el amor, a Elio —un sorpresivo y magnífico Timothée Chalamet— un espigado joven, le llega con Oliver —Armie Hammer— un estudiante americano que ha llegado a instalarse en su habitación por seis semanas para trabajar al lado de su padre.

No hace falta explicar sus miradas y adivinar sus gestos: Oliver es el objeto del deseo de Elio. Aunque pensarlo siquiera suponga una utopía y una total contradicción en una época donde no se puede hablar de eso, pero que sí se podía sentir. La hipnótica belleza de Elio radica por mucho en su autenticidad: políglota, adicto a la lectura, toca el piano y escribe música. Se contrapone a Oliver, un extranjero desconocido igualmente atractivo algunos años mayor. Un amor de verano, un romance tan corto como frugal con el súbito reproche de haber desperdiciado los días con sus noches en una burbuja de falsa arrogancia, uno pretendiendo esconder la mirada lasciva, y el otro menospreciándose para no sentir el castigo de la indiferencia.

Un tiempo sobrecargado de emociones, sentimientos, descubrimientos y sorpresas; los padres de Elio conocen su secreto; porque es sangre de su sangre, sin aspavientos, su padre —un hasta entonces contenido Michael Stuhlbarg—le ofrece una reflexión que bien vale todo el metraje, una declaración de amor, la más valiosa de las herencias hechas en vida que un padre puede hacer a un hijo. Un bálsamo para el roto corazón de Elio, un sentimiento para recordar toda su vida.

Jamás dura una flor dos primaveras, pero siempre permanecerá el recuerdo de su infinita belleza en la memoria del corazón; ahí persiste muda, estática, resistiendo el embuste del tiempo, de las muchas estaciones que vendrán y se repetirán una y otra vez. Call me by your name no es otra forma de amar, es la forma de amar, esa que solo sucede una vez, la que nunca vuelve, la que siempre recuerdas pero sobre todo añoras.