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El Sacrificio del Ciervo Sagrado: Una misteriosa justicia.

  • Foto del escritor: Wilmer Ogaz
    Wilmer Ogaz
  • 16 feb 2018
  • 2 Min. de lectura


Los infortunios de la vida desatados por la ira de los dioses en El sacrificio del ciervo sagrado se asemejan a la tragedia griega que plantea la ambivalencia de un sentimiento, la lucha entre lo irreal y lo científicamente posible. La perversa fábula que el director ateniense Yorgos Lanthimos cuenta en su más reciente entrega, retrata de manera excepcional el trágico destino que ha de seguir un reconocido cirujano al ser obligado a hacer lo impensable.


El extraño vínculo entre Martin —el siniestro y efectivo Barry Keoghan— un adolescente de 16 años, con el prestigiado cirujano Steven Murphy —un Colin Farrell creciendo a cada escena— convergen en una amistad poco común que incluye costosos regalos y apoyos económicos con aparentes tintes sexuales. Sin saber todavía el por qué de su lazo y después de una invitación a cenar, Martin descubre a la familia perfecta, Anna —la grandiosa Nicole Kidman— su esposa, una respetable oftalmóloga; sus dos hijos, Bob y Kim —Sunny Suljic y Raffey Cassidy respectivamente— y su perro; resultan el maridaje ideal para derramar una maldición que tendrá que ver más con la venganza que con el apetito sexual. Los actores están dispuestos en esta trágica historia, inermes ante el ataque del enemigo, y por supuesto el público expectante, abrumado y temeroso, reacciona a la inmensidad de sus tomas, claustrofóbicas en interiores y con una incontenible libertad en espacios al aire libre; los hábiles movimientos de cámara obedecen las órdenes incesantes de cada acorde en un macabro musical que pareciera anuncia lo peor.


Si Martin no es la encarnación de Hades —el dios del inframundo en la mitología griega— el chico se acerca por mucho, su inquisitiva mirada culpando al cirujano de la muerte de su padre en la sala de operaciones lo obliga a lanzar un maleficio en contra de Steven y su familia, así uno a uno pagará con lágrimas de sangre y las piernas paralizadas después de la inanición, el pecado que ha cometido su padre. El oráculo ha hablado, y la frustración del embrujo le gana a la ciencia, por lo que Steven debe aceptarlo como sacrificio de una misteriosa justicia. Aunque hay una decisión que pondrá fin al hechizo, la solución que puede purgar el alma es sencilla pero exige un sacrificio puro, elegir a un miembro de su familia y matarlo, así en medio de la catarsis el equilibrio del mundo volverá a su estado original. La película de Lanthimos desdobla su maldición a través de una metafórica lección, y es que ningún error en esta vida queda impune, es una lógica perversa pero los misterios de la vida se asemejan bastante a los de la tragedia griega. La idílica familia tendrá que superar las pruebas del destino y aceptar la culpa para así obtener la anhelada redención, tal como la vida misma.


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