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Un viaje al interior.

  • Foto del escritor: Wilmer Ogaz
    Wilmer Ogaz
  • 2 mar 2018
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 22 jun 2020



¿Y si la felicidad consistiera en despojarse de todo? Desde el momento en que supe que no podría hacer gran cosa para salvar al mundo, empecé a pensar en instalarme por un tiempo, solo, en una cabaña. Compré una isba de troncos, lejos de todo, en la orilla del lago Baikal. Allí, durante seis meses, a cinco días de marcha del pueblo más cercano, perdido en una naturaleza desmesurada, traté de ser feliz. Creo haberlo logrado. ¿Y si la libertad consistiera en adueñarse del tiempo? ¿Y si la felicidad fuera disponer de soledad, de espacio y de silencio, cosas de las que carecerán las generaciones futuras? Sylvain Tesson.


Hay algo en las palabras de Teddy —a quien da vida Raphaël Personnaz— el intrépido viajero del metraje, que recuerdan, pero sobre todo refuerzan, a las anteriormente dichas en el célebre poema brasileño Muere lentamente de Martha Medeiros:

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música,

quien no encuentra gracia en sí mismo.

Muere lentamente quien destruye su amor propio,

quien no se deja ayudar.

Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte

o de la lluvia incesante.

La aventura fílmica «En los bosques de Siberia» —cuyo título original es Dans les forêts de Sibérie— está basada en la experiencia frugal que vivió durante 6 meses el escritor parisino Sylvain Tesson, en una pequeña cabaña de nueve metros cuadrados a la orilla del lago Baikal, en Siberia; y que durante el duro invierno recogió en su bitácora, al lado de sus libros y mucho vodka. Asqueado del agitado mundo sin sentido en el que vive, Teddy, un ejecutivo parisino se arriesga a pasar una temporada solo, alejado del bullicio y la falsa sociedad, en Siberia a orillas del lago Baikal. Un viaje introspectivo donde la magia de la naturaleza brillará en todo su esplendor, y pronto lo llevará de la euforia de la libertad al extremo de todo lo que hasta ese entonces había conocido.


El director Safy Nebbou logra transmitir a través de increíbles panorámicas, la vulnerabilidad del ser humano en un majestuoso planeta. Aderezadas con exquisitos acordes de jazz, sin falsas lecciones nos presenta la vida como un viaje acelerado, apenas un respiro. La planeada soledad con el frío intempestivo sacuden el alma y el cuerpo; los devaluados bríos con que se suele llegar a los treintas parecieran verse renovados con la experiencia de Teddy. Su capacidad de asombro, antes perdida, retorna con cargada intensidad. La felicidad antes guardada en un cajón palpita desesperada porque no quiere volverse añeja. Así, después de la tormenta, se dibuja un radiante cielo azul, entonces viene casi inmediato el replanteamiento de lo aprendido desde niños, lo éticamente posible y lo desaprobado moralmente, lo atesorado más por imposición que por convicción. Después de un año en aquel exilio que sintió como toda una vida, Teddy ya puede ver el muro que ciegamente construyó con sus miedos, ya puede traspasarlo, es tiempo de recuperar los momentos, porque descubrió eso que llaman vida interior, la que alguna vez pensó que estaba muerta.


La ventisca detrás de la tormenta «En los bosques de Siberia» es el puente para reconectarse consigo mismo; aprender de los silencios con la encomienda de no volver a malgastar esfuerzos en cosas superfluas; sin pretensiones, abrazar la vida otra vez.


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