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La película que explora la depresión mientras sucede un ataque zombie.

  • Foto del escritor: Wilmer Ogaz
    Wilmer Ogaz
  • 29 jul 2018
  • 3 Min. de lectura

Pareciera que ni en las circunstancias más adversas, el ser humano sea capaz de encarar sus peores miedos, aquellos que escondió bastante bien detrás de una sonrisa cuando vivía en una aparente normalidad.


La ópera prima del francés Dominique Rocher: La noche devoró al mundo —cuyo título original es La nuit a dévoré le monde— es una adaptación de la novela homónima del escritor Martin Page, publicada en 2005, y retoma el subgénero zombie con el inconfundible sello galo, donde a través del sigilo de sus decorosas criaturas, se aleja de la sangre y las eternas persecuciones, para intentar sugerir el estado emocional del solitario protagonista, más allá de explicar el por qué de la situación apocalíptica.


El relato comienza en la ciudad de la luz con Sam —un magnífico Anders Danielsen Lie— un joven que encara la desolación tras una ruptura amorosa. Después de reunir el valor para volver al lugar donde alguna vez fue feliz para recuperar unos cassettes, se encuentra con que su exnovia está dando una fiesta en compañía de su nuevo amor y algunos amigos. Abrumado por la situación y a punto de marcharse sin lograr su objetivo, Fanny —interpretada por Sigrid Bouaziz— le pide vaya al estudio para que puedan hablar en privado y recoja sus anheladas cintas. Obedeciendo la orden, alguien lo golpea accidentalmente en la nariz, por lo que se encierra en la habitación junto a sus cintas para reponerse, pero la espera, que se demora más de lo normal, hacen caer a Sam en un profundo sueño. Al despertar, se da cuenta que el departamento fue el escenario de una sangrienta batalla, y que todos se han ido. Desorientado, rápidamente se da cuenta que las calles y el edificio están llenos de zombies, obligándolo a protegerse y organizarse inmediatamente en uno de los departamentos, si es que desea sobrevivir a tan inesperada plaga. 


Es imposible no acordarse de otros sobrevivientes como Robert Neville en I am legend, Gerry Lane de World War Z, y hasta Jim de 28 Days Later, todos ellos con una meta en común: SOBREVIVIR. Luchando sabe Dios contra que terroríficas criaturas, el hombre de La noche devoró al mundo pareciera ser una versión extendida de Meursault, —el personaje principal de la novela El Extranjero de Albert Camus— una especie de misántropo al que no le interesa mucho mejorar su estado actual y decide ir solucionando sus problemas conforme se le vayan presentando. Prueba de lo anterior es la decisión de refugiarse en el lugar más seguro del edificio, hacerse de comida enlatada que hurta de otros departamentos y racionarla para no tener que preocuparse por ello en algún tiempo, mientras pasa el tiempo tocando frenéticamente la batería, disparándole a los zombies en la calle o haciendo música con los artilugios que encuentra cerca, siempre en soledad. 


Y para darle un respiro a su inexorable locura, el giro inesperado es la aparición de Sarah —la iraní Golshifteh Farahani— una providencial mujer, un fallido revés que materializará sus más recónditos demonios. 

Como ya es costumbre del cine francés La nuit a dévoré le monde resulta inteligentemente prolija. El ejercicio de Rocher es mucho más intimista, y sin lugar a equívocos, es un tratado que profundiza y reflexiona acerca de la depresión, ese hoyo profundo del que muy pocos logran zafarse, sin importar que el apocalipsis zombie se esté librando afuera. 

''La comprensión de que la vida es absurda

no puede ser un fin, sino un comienzo''.

Albert Camus


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