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Las niñas bien: Siempre satisfechas nunca insatisfechas.

  • Foto del escritor: Wilmer Ogaz
    Wilmer Ogaz
  • 29 mar 2019
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 25 jun 2019



Basada en el libro de Guadalupe Loaeza, la película mexicana «Las niñas bien» muestra las mieles de un sector privilegiado pero también el infierno de la incertidumbre cuando se pierde todo.


El año de 1982 es memorable por muchas razones: se lanza Thriller, el sexto álbum del siempre polémico Michael Jackson; en la pantalla grande hace su aparición E.T. el extraterrestre más adorable de todos los tiempos dirigida por Steven Spielberg, y Poltergeist —Juegos diabólicos titulada en español— una aterradora película que puso en vigilia a varios; pero sin duda el más importante de ellos sucedió en México durante el sexenio lopezportillista recordado como el de mayor corruptela, frivolidad y derroche, ya que a pesar de prometer defender el peso como un perro, terminó llevándolo al colapso y de los veintidós pesos que costaba el dólar brincó a los setenta pesos presagiando la debacle para muchos mexicanos.


Ese mismo año una observadora mujer se incorporaba a las filas del periodismo, su sentido aventurero, y una pluma inquieta la llevarían a inscribirse en un taller literario impartido por nada menos que la señora Elena Poniatowska. Tres años más tarde publicaría su primer libro: Las niñas bien, un ejercicio minucioso de crítica a la clase acomodada de un país latente en su estado más puro, que aunque lacerado por la crisis, resultó ser una bofetada de singular gracia. Hoy, treinta y siete años después, con todos esos acontecimientos dispuestos en bandeja de plata, la directora potosina Alejandra Márquez Abella aprovecha ese marco y rescatando la premisa fundamental que su autora Guadalupe Loaeza exploró en aquel primer libro, recoge para regalarnos un filme fresco y mordaz a través de la mirada de Sofía de Garay, y su selecto grupo de amigas.


Después de pasar toda la mañana jugando tenis, desayunando y fumando con las amigas en el club, a bordo de su flamante Grand Marquis color champagne, la delicada mujer admite que una visita al Palacio de Hierro es imperante; aunque no está acostumbrada a comprar vestidos de gala en México, la idea de elegir el diseño rojo que exhibe el maniquí, resulta una dulce travesura, quizá pueda complementarlo con las perlas de Mallorca que guarda en su alhajero, y el sastre pueda agregarle unas hombreras más pronunciadas. Calza Gucci, y en el bolso Chanel junto a las tarjetas de crédito guarda la chequera por si acaso. A simple vista Sofía —insuperable Ilse Salas— es lo que todos llamarían una niña bien.


Pareciera que muchas cosas siguen intactas desde aquel mítico año, tratar de aparentarlo todo —hasta los sentimientos— en un juego de mentiras, lujo, caprichos, pretensión, envidias, gallardía y mucho glamour que siguen alimentando la vacía vida de muchas mujeres y hombres, sin embargo el inmenso fervor que despiertan en terceros es inversamente proporcional al propio. Pero ¿cuánto tiempo dura esa burbuja? la respuesta es incierta, tal vez hasta que la ansiedad termine por reventarla.


El ejercicio que logra Márquez es digno de contemplar, primeramente el ensamble conformado por Ilse Salas, Paulina Gaitán, Cassandra Ciangherotti y Flavio Medina es grandioso, justo en ese orden. La ambientación, diseño de vestuario y fotografía son un agasajo, el zoom a los detalles que la directora quiere que veas se maximiza con una exquisita banda sonora al compás de los aplausos bajo la batuta de Tomás Barreiro.


Las lujosas fiestas en aquellos caserones de Las Lomas y Cuernavaca, el shopping en New York, San Diego y París, parecían el pan de cada día en una sociedad a la que aparentemente no le faltaba nada, al contrario, siempre había un hueco que llenar con champagne y escargots, para postrear después con la desgracia ajena.


Las niñas bien es un tremendo experimento social, con una pizca de clasismo, doble moral y el infaltable machismo, para ofrecer un postre mexicano distinto al de las insufribles comedias románticas. Vale la pena saborearlo, no engorda. Provecho.

*Nunca digas provechito.


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