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El cuento de las comadrejas.

  • Foto del escritor: Wilmer Ogaz
    Wilmer Ogaz
  • 24 jul 2019
  • 2 Min. de lectura


Darle bola a un clásico del cine argentino parece sencillo cuando Juan José Campanella —ganador del Óscar a Mejor Película Extranjera por «El secreto de sus ojos» en 2010— convoca a grandes actores para revitalizar la cinta de 1976 «Los muchachos de antes no usaban arsénico» dirigida por José Martínez Suárez. Así Graciela Borges, Oscar Martínez, Marcos Mundstock y Luis Brandoni, junto a Nicolás Francella y la española Clara Lago, desempolvan una comedia negra a la que no hay que perder detalle.


Alejados de la ciudad en un caserón plagado de ratas conviven Mara Ordaz, una diva olvidada del cine y su marido Pedro de Córdoba, un actor de segunda que ha tenido que vivir a la sombra de su mujer confinado a una silla de ruedas después de un trágico accidente, junto a sus amigos Martín y Norberto, el escritor y director responsables de los triunfos de la actriz, sus días transcurren comiendo y bebiendo, recordando las glorias pasadas, entre juegos de billar y largas pláticas de sobremesa. Para este peculiar grupo de sexagenarios la existencia es placentera pero aburrida, concuerdan, que como en el cine, les hace falta un engaño, un enfado, un villano, o algo que los haga despertar. Y voilà, aparecen la falsedad, hipocresía y el engaño encarnados en Bárbara y Francisco, dos jóvenes de buena pinta encargados de una compañía de bienes raíces, que harán de todo por convencer al clan de vender la casa para construir en su lugar una torre de departamentos.



El argumento central, aparentemente sencillo, conquista toda clase de reacciones, desde las más inocentes hasta las más perversas, descubriendo que somos el resultado de las decisiones que tomamos todos los días, incluso hoy, seguimos pagando el precio de algunas hechas tiempo atrás. Cualquiera sea el caso, cuando se peca de soberbia no gana el más inteligente, sino el que observa mejor a su rival, y fruto de su experiencia esboza una radiografía inmediata que permite golpearlo en el punto más letal.


La delirante farsa de Campanella esconde mucho más que solo comadrejas, reaviva la lucha entre juventud y experiencia con diálogos —si se me permite utilizar las líneas de Mara Ordaz refiriéndose a su par de amigos— tan retorcidos, bizarros y perversos; además el homenaje al séptimo arte supera con creces la razón por la que asistimos emocionados a una sala para esperar una moraleja sentados cómodamente desde la butaca y aprender de las nostalgias ajenas. Es innegable que en «El cuento de las comadrejas» más sabe el diablo por viejo, que por diablo, aunque ese será un premio de consolación para las nuevas generaciones que tal vez nunca verán madurar sus sueños.



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