
A Pedro Almodóvar le conocí cuando tenía 21 años, la historia de Esteban y Manuela, Huma Rojo y la Agrado, Lola y la hermana Rosa en «Todo sobre mi madre» con su manera tan peculiar de retratar lo sencillo y habitual, convirtiéndolo en algo memorable con toques surrealistas me atraparía para siempre. Las notas agridulces, lecciones y susurros se acrecentaron con filmes como: «Tacones lejanos», «Kika», «Carne Trémula», «La mala educación», «Volver», «Los abrazos rotos», «Julieta», «Los amantes pasajeros» y ahora tocó el turno —de la que parece ser la culminación de todas ellas— a la íntima «Dolor y gloria». Mucho se ha especulado si la reflexión autoinducida de Salvador Mallo —interpretado por un superlativo Antonio Banderas— un director de cine en el ocaso de su vida, corto de ideas por malestares físicos y dolores del alma que le atormentan, es en realidad un álter ego del manchego. Y aunque él mismo se ha apresurado a callar bocas asegurando a la prensa que no hay razón para buscar parecidos, los hilos finos que sirven de cobijo a los recuerdos y reencuentros de Pedro, perdón, de Salvador, se tejen en una gran telaraña para atrapar en apenas 108 minutos todas las historias pasadas en una sola. Ahora que los demonios de Almodóvar son públicos, no quedaba más remedio que fortalecer sus hileras reuniendo a algunos de sus mejores cómplices: Julieta Serrano, Cecilia Roth y por supuesto Penélope Cruz, en una participación especial, incluso hasta la popular cantante Rosalía hace un cameo. Bajo los rayos del sol la sólida estructura refleja los sueños y la esperanza de su protagonista en edad infantil —el debutante Asier Flores— una cosa lleva a la otra, una mirada o un leve pestañeo activa repentinos flashbacks que nos devuelven al presente. Ya inmerso en la oscuridad se desnuda y muestra la vulnerabilidad de un ser humano con más miedos y complejos que vanidades. Almodóvar ha vuelto y su efecto no deja indiferente a nadie. La estética impecable, referencias pop y colores apabullantes, confirman su madurez técnica y emocional. Soledad, melancolía, frustración, placer y drogas; un pequeño homenaje a Chabela Vargas, tequila, escepticismo, culpa y redención conviven sobre la finísima tela del amor. A «Dolor y gloria» se le ama o se le odia, los sueños más oscuros se iluminan de nostalgia produciendo una dulce intoxicación para contemplar ese primer deseo, la chispa que lo inició todo y que continuará reinventado con cada nuevo guion.
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