La amante, maestra y madre que nunca renunció a escribir.
- Wilmer Ogaz
- 29 ago 2018
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 25 may 2021

La vida es un libro en blanco que nuestras decisiones, buenas o malas, van escribiéndolo poco a poco. La pluma de Rosario Castellanos, era distinta. No solo por aportar a la literatura mexicana poesías, cuentos, ensayos y novelas, sino porque dio voz a los invisibles de su época, que curiosamente, a más de cuatro décadas de su partida, siguen siendo los mismos.
Considerada la escritora más sobresaliente del siglo XX en nuestro país, icono del feminismo después de Sor Juana Inés de la Cruz, su brillante obra, adelantada para su época, contrasta con las indulgencias que marcaron su vida íntima.

El zoom que la directora Natalia Beristáin —directora de tres episodios del fenómeno de Luis Miguel: La serie, y directora de casting en Las Tinieblas— hace de la escritora en su más reciente película titulada como una de sus poesías, Los Adioses, solo un pasaje de su vertiginoso y efímero paso por este mundo. Depresiones por las constantes infidelidades de su marido Ricardo Guerra —interpretado en su edad adulta por el veterano Daniel Giménez Cacho— un profesor de filosofía con el que estuvo casada más de una década, y otras causadas por abortos involuntarios, fueron calvarios que padeció en silencio.
La historia de Chayo —una contenida Karina Gidi— comienza en 1950, en la Ciudad de México cuando apenas alcanzaba los tres millones de habitantes, y se vivía una época de grandes cambios. Aunque gobernados por el machismo, el entonces presidente Adolfo Ruiz Cortines concedería el voto por primera vez a la mujer. En ese contexto, se erige la carrera de la mujer que sería precursora de otras. La Castellanos fue una de las grandes, contemporánea de Dolores Castro, Jaime Sabines y Augusto Monterroso, por mencionar algunos de sus más allegados. Cuesta imaginar que las letras, de la también diplomática, plasmadas en tantas obras haciendo alusión a la opresión de las de su género, hubiera abierto campante las puertas de su hogar, para invitar a quedarse a todo aquello que tanto reprochaba.

Mención aparte merecen las actuaciones de Tessa Ia, que la interpreta en sus años mozos, a quien no debemos perderle la pista, y por supuesto la estupenda Karina Gidi, quien por momentos recuerda, sobre todo al principio del filme, a Beatríz, el personaje de la novela Demasiado Amor, de Sara Sefchovich, en donde ambas mujeres le dan otro sabor a las mieles del sexo. Su trabajo en ese entonces le valió una nominación al Ariel a Mejor Actriz, pero fue gracias a Castellanos que Gidi pudo alzar su primer Ariel. Su belleza de antaño, delicadeza y pequeñas dosis de furia, hacen creíble el personaje de amante y maestra; madre y escritora, que interpreta la formidable actriz.

El ensamble actoral en Los Adioses lo completan el no menos estupendo Giménez Cacho, haciendo mancuerna con Pedro De Tavira, quien da vida a su contraparte adolescente.
Ese pequeño instante en la vida de la señora Castellanos, saca a flote, una vez más, su lucha. Y no puede ser más ad hoc a los tiempos actuales. Ojalá se viralizaran sus letras, y un poco de su filosofía y coraje, ese que la vida cortó en plenitud a los 49 años cuando trabajaba como catedrática en la Universidad Hebrea de Jerusalén y se desempeñaba como embajadora de México en la disputada ciudad de los montes de Judea.

Abriendo brecha, aún con lo inesperado de su partida, en 1974 se fue una grande de las letras, viviendo en Tel Aviv, una descarga eléctrica le arrebataría su último aliento cuando acudía al llamado telefónico de su hijo Gabriel que la escuchó por última vez.
''No voy a dejar de ser mamá, no voy a dejar de ser maestra, y no voy a dejar de escribir'', recita desde lo más profundo de sus entrañas Rosario Castellanos en una de las escenas. Vaya forma de recordarnos que muchas veces la medalla, o el dulce, que tanto anhelamos se encuentra escondido en las pequeñas cosas, y peor tantito, tan absurdas como el sentarse a contemplar la blancura resplandeciente de una cocina. Por eso yo ya no espero, vivo.
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