La benigna indulgencia de Salvaje.
- Wilmer Ogaz
- 1 oct 2019
- 2 Min. de lectura

Hay historias que recurren a la crudeza de sus secuencias para llamar la atención, en «Salvaje» Camille Vidal-Naquet, su director y guionista, echa mano de las sensaciones de su protagonista para ser más efectivo a la hora de tocar fibras.
La ópera prima del galo es un relato fehaciente de la prostitución gay encarnado en un joven de 22 años llamado Léo —emotivo Félix Maritaud— que se pasea por los suburbios franceses entregando su cuerpo a cambio de algunos euros. Los días transcurren en un eterno vaivén de hombres y experiencias, sin un techo fijo donde dormir, y con la incertidumbre de lo que vendrá, su corazón late cada día con más fuerza en espera de un alma bondadosa que corresponda todo el amor que tiene guardado.

Ganadora del premio Estrella Naciente durante la Semana de la Crítica del Festival de Cannes 2018 y Premio Lumiere a Mejor Actor Revelación, el trabajo que logra Maritaud es íntimo, natural y sumamente prolijo. El lente de la cámara, a cargo de Jacques Girault, sigue sus movimientos, uno a uno con efectivo sigilo hasta convertir la cotidianidad en experiencia voyerista, altamente seductora, tierna, pero al mismo tiempo descarada y dura. Su emotividad nace de la condescendencia de no emitir juicio alguno, la mirada lasciva —si es que existe— le pertenece solo al espectador.
Sin conocer génesis alguna sobre Draga —así lo apodan sus colegas— la empatía con el personaje es inmediata. Con una muda de ropa, sin pretensiones, falsa moralidad o incongruencia alguna en su vida, su lección es infinita, esa sutil bofetada obliga a contemplar la frugalidad de todo aquello que pasamos por alto.
Al final a pesar de lo severa, la suma de perspectivas, risas, lágrimas y frustraciones, forman un cóctel explosivo que exalta todo menos al erotismo masculino. ¿Cómo puede alguien vivir así a expensas del abuso constante de los demás?, ¿a dónde se va cuando no se quiere estar en ninguna parte?
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