Tenemos que hablar de Gloria Bell.
- Wilmer Ogaz
- 25 jun 2019
- 2 Min. de lectura

Nadie como Sebastián Lelio para hacer un remake de su propia película sin perder la esencia de su predecesora.
Seré breve.
Si la Gloria interpretada por Paulina García —ganadora del Oso de Plata en la Berlinale 2013— causó tanto revuelo, la construida por Julianne Moore no pasará desapercibida. La historia que el chileno Sebastián Lelio retoma en «Gloria Bell» es la de una mujer divorciada y un tanto solitaria recién entrada en sus cincuentas, que divide su vida entre el trabajo de oficina y los bares de Los Ángeles para sacarle brillo a la pista. Ama bailar. De todas las parejas de baile, una en particular roba su atención, es Arnold —John Turturro— un tímido y muy alto sujeto con quien pronto se enrollará sentimentalmente. Gloria, en su definición más pura puede remitir al esplendor, la fama y el honor; en el sentido religioso evoca el paraíso, la felicidad absoluta y la plenitud. Pero el vocablo femenino supone más fuerza y acción. Lelio, el impecable arquitecto de los sentimientos, basta citar «Desobediencia» y «Una mujer fantástica» para confirmarlo, concentra la energía de nuestra nueva mejor amiga en bailar, una modesta labor que detona la catarsis en pleno gozo. Esta nueva Gloria —no menos innovadora— representa la soledad y la renovación, por lo que resulta tan interesante el enfoque yankee que le imprime su director. La soledad, va más allá de enfatizar su falta de compañía, se adentra en un momento que simula ser eterno, echa un vistazo a una que otra crisis personal, y nos regala algo doloroso e incluso así, lo refresca y lo hace brillar. Moore es esa lumbrera: mágica, natural, libre y enérgica. Cualquiera puede abrazarse de aquella mujer. Convertir un defecto en virtud, es una consigna peligrosa si se elige el camino fácil, pero la Gloria de Lelio es incondicional. Reivindica el concepto del amor propio, y lo encierra en uno frugal que no deja convencidos a muchos.
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